El Apoyo Social y su ausencia, el aislamiento social, representan, en el abordaje integral de atención a las personas mayores, variables moduladoras fundamentales a considerar en la promoción del objetivo de mantener una adecuada calidad de vida.

En la actualidad nos encontramos con un fenómeno en el envejecimiento de la población que afecta a factores como el aumento de la esperanza de vida, el descenso de la natalidad, los nuevos estilos de vida, etc.

Considerando estos factores, y según un estudio del INE de Proyección de Población de España a Largo Plazo, (2009-2049), se prevé que el mayor crecimiento poblacional se concentre en las edades avanzadas. Asimismo, se establece que el grupo de edad de mayores de 64 años se duplicará en tamaño y pasará a constituir más del 30% de la población total de España. (Imserso, 2005)

También se han producido en la última década profundos cambios en los hogares españoles. Así, los hogares han disminuido de tamaño y las personas mayores que viven solas van en aumento. Además, también ha aumentado el número de los hogares unipersonales que casi se han duplicado, donde destacan los hogares con mujeres solas de más de 65 años (un aumento casi de 50%).

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Una vida social activa protege de la mortalidad y predice el mantenimiento de la capacidad funcional
El Apoyo Social como necesidad básica

Desde esta perspectiva, el apoyo social (y la disminución del aislamiento social) sería el mecanismo diferenciador de un buen o mal ajuste de afrontamiento al proceso de envejecimiento. Representa un gran recurso de adaptación y al contrario, su ausencia, un importante factor de riesgo de deterioro cognitivo y de sobrecarga familiar.

Abraham Maslow, el padre de la Psicología Humanista, lo considera dentro de las necesidades básicas del ser humano. Al fin, una vez más se confirma, que las relaciones de interdependencia y el apoyo mutuo es lo que nos permite mantener una adecuada calidad de vida.

Las investigaciones demuestran que una vida social activa, con buenas redes sociales y con actividad en la comunidad, protege de la mortalidad y predice el mantenimiento de la capacidad funcional (Mendes de León, 2001; Seeman, 1996) y la función cognitiva (Bassuk, 1999; Fratiglioni, 2000.). Dadas las transformaciones ocurridas en la estructura de la red familiar española en los últimos años es fundamental poner especial atención en algunos aspectos: se ha pasado en pocos años de la familia extendida, donde convivían varias generaciones, a la familia nuclear y hogares unipersonales.

Reducido su papel en la familia, algunas personas mayores, y en mayor medida las mujeres mayores, sienten una pérdida de continuidad entre su vida anterior centrada en la familia y su vida actual con un contacto intergeneracional más reducido. Esta pérdida de continuidad lleva a una crisis del sentimiento de identidad favoreciendo la depresión y el deterioro funcional. Si estas personas no están preparadas ni se les facilita cauces para asumir un papel social fuera del ámbito doméstico, tenderán a ser relegadas y a hacerse invisibles, transformándose en una población frágil y de alto riesgo.

La evidencia empírica sobre la asociación de distintos aspectos de las relaciones sociales (diversidad de la red social, participación en actividades comunitarias, apoyo emocional recibido, rol jugado en la vida de los demás, disponibilidad de un confidente, etc.) con el proceso de salud/enfermedad ha llevado a desarrollar distintos modelos conceptuales especialmente útiles.

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Al perder su rol en la familia muchas personas mayores pueden sufrir una crisis del sentimiento de identidad que favorece la depresión y el deterioro funcional
Concretamente, Berkman y Glaa (2000) al estudiar cómo influyen las relaciones sociales en la salud, proponen un modelo en que las redes sociales de una persona actúan por medio de mecanismos psicosociales (apoyo social y vinculación social) sobre unas vías comunes fisiológicas, psicológicas y comportamentales que son las que acaban produciendo los efectos sobre la salud.

Este marco conceptual es aplicable al estudio del efecto del apoyo social sobre el envejecimiento saludable definido como “el buen funcionamiento físico y mental, con un número reducido de trastornos crónicos, buena movilidad, capacidad para llevar una vida independiente, buena función cognitiva y ausencia de depresión” (Rowe y Kahn, 1997; Seeman et. al, 1996).

Así, los estudios demuestran que las redes y mecanismos psicosociales construidos a lo largo de la vida juegan un importante papel en el logro de un envejecimiento saludable, demostrando también que la longevidad de las personas mayores depende fuertemente de sus relaciones sociales.

De este modo, es posible aportar algunas conclusiones sobre el envejecimiento de la sociedad, considerándola por un lado como un avance y por otro un gran desafío, pues supone una mayor exigencia a todos los niveles.

De todas maneras, lo más importante del envejecimiento, el verdadero reto del aumento de la esperanza de vida es lograr una auténtica calidad de vida de las personas mayores que les permita mantener la sensación de autoeficacia y de dignidad, procurando mantenerse activo e independiente con el fin de vivir y disfrutar esa prolongación de la vida.


Un artículo de Claudia Morales Delgado, Psicóloga Sanitaria y Trabajadora Social de AFA Las Rozas.