Los avances que la ciencia y la tecnología nos han presentado en los últimos años no hacen sino prever un futuro muy diferente a nuestra rutina diaria actual. Los cambios ya han llegado al mundo de las comunicaciones, revolucionando para siempre la manera de establecer contacto con la sociedad y sus componentes. Ni que decir tiene que vivimos ahora en un mundo sin distancias en el que en apenas unas horas podemos cruzar océanos y mares. La gastronomía, la cultura y los hábitos de consumo han sufrido también evoluciones espectaculares en las últimas décadas.

En el año 2063 en España las mujeres tendrán una esperanza de vida al nacer de 94,3 años y los hombres de 91 años
La sanidad ha evolucionado mucho en los últimos años, hecho que se demuestra con el aumento increíble que la esperanza de vida ha experimentado en la mayoría de los países de nuestro entorno.

España es un buen ejemplo de cómo la evolución de la sanidad y la higiene han deparado resultados más que significativos al bienestar humano y la calidad de vida. La esperanza de vida en España ha evolucionado entre el período 1994 – 2014 en las siguientes cifras: hombres de 74,4 a 80,1 años y en las mujeres de 81,6 a 85,6 años. Según las proyecciones que presenta el Instituto Nacional de Estadística en el año 2063 en España las mujeres tendrán una esperanza de vida al nacer de 94,3 años y los hombres de 91 años.

Con estas cifras, inimaginables hace tan solo 50 años, la comunidad científica ha empezado a plantearse ya si en los próximos años podremos conseguir ser inmortales o al menos poder revertir el proceso natural de envejecimiento, superando la barrera de los 120 años con frecuencia y no siendo algo anecdótico o extraordinario.

En el año 2005, el afamado escrito portugués José Saramago publicaba su novela “Las Intermitencias de la muerte” en la que se podía leer como a partir de la madrugada de un 1 de enero nadie fallecía en la tierra, considerándose todos inmortales. Esta novela presentaba los problemas derivados de la ausencia de fallecimientos y cómo el mundo cambia ante una visión inmortal de la existencia humana.

Hoy, apenas 12 años después de la publicación de esta novela, cada vez parece menos surrealista el que llegue un día en el que el ser humano pueda retrasar de manera extraordinaria la fecha de su fallecimiento por causas naturales.

Hace apenas un par de años el profesor de la Singularity Universirty de Silicon Valley, José Luis Cordero, afirmaba que en el año 2045 el ser humano habrá superado enfermedades como el cáncer o el sida y habremos conseguido la tan ansiada inmortalidad. A este hecho no solo ayudarán las evoluciones sanitarias que se están desarrollando, sino los avances tecnológicos que se están aplicando en fases experimentales.

Un ejemplo de estas evoluciones que se están desarrollando ya lo demostró la Methuselah Foundation que consiguió extender la vida de los ratones a los 5 años, lo que equiparado al ser humano podría llevarnos a los cerca de 1.000 años con una salud satisfactoria.

Una de las líneas más interesantes en el objetivo de ser inmortales es la capacidad que día a día se incrementa de diseñar a la perfección a nuestra descendencia pudiendo reducir o eliminar de forma completa el riesgo de padecer algunas de las enfermedades más importantes que están marcadas genéticamente.

Otros estudios de reciente publicación sí ponen límite a nuestra esperanza de vida, la cifra podría quedar marcada en 125 años. El límite actual está establecido en 122 años y ese registro lo ostenta la francesa Jeanne Calment que falleció en el año 1997.

De manera paralela a las evoluciones sanitarias que se están desarrollando surgen conflictos importantes en cuánto a la ética que debemos o no aplicar en la línea de conseguir que el ser humano sea o no inmortal.

Independientemente de qué teorías sean las acertadas, parece obvio que lo que hoy parece imposible mañana puede no serlo tanto. Hace décadas nadie hubiese adivinado a acertar la cantidad de medicamentos que hoy tenemos para combatir enfermedades como la diabetes, el cáncer, la hipercolesterolemia o la hipertensión, importantes enfermedades que, hoy en día, no implican mortalidad directa asociada a ellas.

Un artículo de David Roa Arbeteta, Operations & Training Department Hoffmann World.