“No existe ninguna concepción en el intelecto humano que no haya sido recibida, totalmente o en parte por los órganos de los sentidos” (Thomas Hobbes).
  
Adicción es la afición extrema a alguien o algo. Dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico (DRAE).
Hoy estamos en el apogeo de incontables aparatos de fotografía digital, teléfonos celulares, tabletas, computadoras que con verdadero fervor, dedicación y cierta tonalidad adictiva permiten tomar instantáneas de los artistas preferidos, parientes, amigos, de uno mismo (selfies) que no sólo utilizan los entusiastas y pintorescos turistas.
Somos, casi todos, una multitud de fotógrafos aficionados y compulsivos que con entusiasmo perseguimos y capturamos imágenes dejándolas archivadas en las máquinas por no confiar en el inestable aparato del recuerdo de nuestros cerebros. No es de extrañar que esto suceda por la facilitación actual del registro visual que proporciona la tecnología y también por una elección preferencial y a veces adictiva por las imágenes y lo virtual.
A partir de Aristóteles aceptamos lo de “nihil est in intelectu quod prius non fuerit in sensu” (nada hay en el intelecto que no haya pasado previamente por los sentidos), es como decir más llanamente que las facultades intelectuales son simples sensaciones transformadas.
Una imagen es más que un conjunto de elementos visuales que identifican la realidad del instante; es una verdadera obra psíquica propia y personal de quien observa donde se reúnen vivencias previas y simultáneas, memorias, asociaciones, evocaciones...nos ayuda a tener certeza dentro del evanescente paso del tiempo. Así creemos estar seguros (casi seguros) que lo que se ve realmente sucedió, además y sobre todo si uno ha estado allí. La foto documenta y da credibilidad.
La historia natural del hombre es la historia de la función visual; el hombre es un animal óptico. El sentido visual es el que conduce al psiquismo hacia el conocimiento de la realidad y es el vínculo neuropsicológico entre la realidad exterior y la interior. Las imágenes que se plasmaron un día en fotografías o en videos son una parte de la realidad, son memoria, son casuística pero carecen del sortilegio del arte. Buscar la verdad en el objetivismo como llave maestra de la intelectualidad racionalista parece ser en la actualidad una refundación de la “religión positivista”; al pensamiento humano no le basta sólo la técnica o el razonamiento. Sin duda, la imagen de la retina (aún la fijada en una fotografía) genera los abstractos procesos de ideación simbólica. El órgano ocular es instrumento de información a nuestro cerebro y en él las imágenes presentes o las almacenadas en la memoria se transforman e idealizan construyendo lo que llamamos el mundo interior. La visión espacial simbólica que está incorporada en nuestras cabezas son gatilladas y actualizadas por los registros fotográficos. El hombre hace algo más con las imágenes, les añaden ideas, prejuicios, creencias, conceptos, conocimientos, afectividad, valores. En una época bizarra, pragmática y utilitaria como la nuestra una serie de fotografías mejora nuestra natural incertidumbre y ayuda a recordar; más aún, si cabe alguna duda y si estoy yo mismo en las fotografías, luego existo.
El hombre se caracteriza, entre otras cosas, por poseer un lenguaje verbal expresivo y comprensivo; un sentido moral; religiosidad; risa inteligente; movimiento de oposición del dedo pulgar; conceptualización de abstractos mediante un vocabulario simbólico, es decir, tiene imágenes sensoriales con palabras; organización anatómica y distintiva de los órganos de los sentidos con visión binocular; gran representación en la corteza cerebral de la  mano, especialmente de los dedos pulgar e índice; y casi un 15% del volumen del cerebro vinculado a la función del sistema visual.
El mecanismo básico del sistema sensorial se apoya en una secuencia que comienza con un estímulo sensorial (cambio de la constitución física o química del medio que circunda al organismo) que es recibido por una estructura nerviosa de sensibilidad selectiva y específica para dicho estímulo y que a su vez lo modifica, cambia o traduce en un mensaje sensorial codificado que, finalmente, es conducido hacia un área receptora principal o primaria y otras asociativas del cerebro.
El campo que abarcan las diferentes modalidades sensitivas o funciones sensoriales es más amplio que el circunscripto por los clásicos cinco sentidos.
La visión, no sólo reconoce los objetos y sus relaciones sino también la distancia, el movimiento (dirección y velocidad), el espacio (solidez, tamaño, color, posición) y es capaz de externalizar el estímulo visual.
La visión es el más intelectual y abstracto de los sentidos; en la filosofía, figura como especulación, idea e intuición.
Lo que caracteriza la visión del ser humano no es la simple actitud de mirar sino la de ver; esto dinamiza atención, voluntad, propósitos, prejuicios y, en fin, lleva a la concepción de la realidad.
La realidad está dentro y fuera del observador; está constituida por un binomio objeto-sujeto que no puede ser escindido. La visión es contemplativa pero, al mismo tiempo y activamente, crea y ordena el mundo cosificado y caótico permitiendo corroborar una realidad congruente que es suma de percepciones visuales, información de otros sentidos y de experiencias vitales; transmisión-transferencia generacional (que implica congruencia y conformidad con lo que los demás ven y con lo que se nos ha enseñado a ver), anticipaciones y recuerdos.
La percepción visual exige un período de aprendizaje (retina, músculos oculares, memoria, fantasía) y un mecanismo de barrido sistemático del campo visual semejante al de la televisión. Lo que sobre la retina se proyecta es un jeroglífico de deformaciones; el cerebro debe hacer constantes enmiendas y correcciones suprimiendo las deformaciones de la perspectiva.
Un correcto comportamiento perceptivo-motor del sentido de la visión sólo se desarrolla en presencia de una estimulación visual estructurada y sistemática, esto es, que además de lo predeterminado genéticamente es fundamental la experiencia.
El aprendizaje de la visión sólo se verifica a condición de que el hombre pueda obrar activamente, en edad evolutivamente útil y en un entorno que aporte estímulos significativos y sistemáticos; esto permite la organización perceptivo-motora adecuada y la conservación de esa misma organización en la edad adulta.
El ciego está privado de la luz, el color, la perspectiva, la emoción de placer o displacer que causan ciertas relaciones entre formas y colores, en suma, está privado de la sensación de la belleza visual.
La carencia de aferencias o estímulos procedentes del exterior de uno mismo pueden impedir o modificar las referencias internas, los modelos ambientales, el desarrollo psicomotor, el conocimiento corporal, la conciencia de sí mismo y la organización psicológica. Los caracteres de la personalidad humana no dependen del estado sensorial sino del ambiente familiar, de las características del medio, de la educación y de la tabla de valores en uso.
El creciente desarrollo, difusión, accesibilidad y empuje tecnológico no ha tardado en hacerse sentir en todo. Pero encierra efectos colaterales, contradicciones, toxicidades complejas de difícil discernimiento.
Los beneficios de los aparatos de comunicación e Internet son innegables aunque estos beneficios no se alcanzan sin un costo elevado. Es ingenuo suponer que la cultura digital es inofensiva; conspira seriamente contra la concentración, la profundidad, la perdurabilidad y está en contra de los atributos de la subjetividad.
Hoy muchos de los recursos ofertados por la tecnología forman parte, incluso, de nuestro organismo. Es bien sabido que la tecnología científica avanza a paso redoblado en el proceso de reemplazo de lo natural por lo artificial.
La memorización ha comenzado a caer en desgracia. La memoria biológica es radicalmente diferente de la memoria informática. Mientras que el llamado cerebro artificial absorbe la información e inmediatamente la guarda en su memoria, el cerebro humano sigue procesándola mucho después de haberla recibido, y la calidad de los recuerdos depende de cómo se procese esa información. La memoria biológica está viva. La informática, no. Lo que da a la memoria real su riqueza y su carácter es su contingencia. Existe en el tiempo, cambiando a medida que el tiempo cambia. La memoria biológica se encuentra en perpetuo estado de renovación. La memoria almacenada en una computadora, por el contrario, adopta una forma binaria y estática. La Web es una tecnología de olvido. Y gracias una vez más a la plasticidad de nuestras vías neuronales, cuanto más usamos la Web, más entrenamos nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficiente, pero sin atención sostenida. Esto ayuda a explicar por qué a muchos de nosotros nos resulta difícil concentrarnos incluso cuando estamos lejos de nuestros ordenadores. Nuestro cerebro se ha convertido en un experto en olvido, un inepto para el recuerdo. El desarrollo desbordante de la tecnología ha alentado en el hombre la presunción de que el progreso que ella le depara, por ser ilimitado, puede liberarlo de su finitud, de su inscripción en la experiencia del límite.
El uso abusivo de la tecnología puede producir efectos devastadores pese al triunfalismo tecnocrático. Hay un totalitarismo tecnocrático y tecnolátrico que no cesa de exigir sumisión a la subjetividad; es el que privilegia un pragmatismo a ultranza sobre el espíritu crítico y autocrítico.
El término "infoxicación" (Alfons Cornella) es la fascinación por la información excesiva -y a menudo inútil-, y a los efectos de su prescindencia. Se producen efectos impensados en el mundo bidimensional de la pantalla. La tecnología no sólo afecta lo que hacemos, sino la manera en que pensamos. Los seres humanos no poseen los filtros cognitivos o tecnológicos para hacer frente a la diversidad y a la cantidad de estímulos. Quienes pasan demasiadas horas frente al monitor experimentan crecientes dificultades de concentración.
El fenómeno de la adicción a las imágenes constituye un exhibicionismo a toda prueba. Hay quienes suben a las redes cientos de fotos de sus vacaciones, mientras otros ventilan los vaivenes de su estado de ánimo o eligen divulgar los más nimios hechos de su vida. La privacidad, parece, se reduce a cero.
Hoy con los celulares se accede a las redes sociales tal como con la PC. En la pantalla del celular, pueden aparecer dónde están nuestros contactos e incluso un color que identifica su estado de ánimo. Es necesario que alguien deba comunicar al universo en cada momento su estado de ánimo?
La necesidad de expresarse y documentar les ganó por mucho a las posibilidades tecnológicas de filtrar perfiles o incluso a la mera sensatez.
 
por Dr. LEONARDO STREJILEVICH